jueves, 23 de septiembre de 2010


Quizá sea el hecho de haber crecido con un 'mal ejemplo' de hermanos mayores, y haber tenido la presión de llevarnos bien porque con ellos no podíamos contar, o quizá sea simplemente porque somos iguales (con cuatro años de diferencia), pero iguales.
El caso es que me sigue sorprendiendo el apoyo que me da cada vez que lo necesito, cuando se lo digo y cuando no, porque huele mi estado de ánimo esté donde esté (y de verdad, detecta mis bajones a miles de kilómetros). Y eso no tiene precio.
Desde hace tiempo siento que estoy en deuda con él, intento recortar la ventaja que me saca y hace algo que vuelve a ponerle en una situación inalcanzable. Si quiero ir al cine él está disponible, si quiero salir a cenar está disponible, si quiero ir de compras está disponible. Siempre, y sino saca tiempo para mí.
Me va a costar irme, tenía ganas de estar sola y ahora que eso es lo que tengo, lo voy a echar un montón de menos. Estoy muy ñoña, muy muy ñoña, y no puedo evitar ponerme más triste cuando pienso que me voy a sentar a cenar sin que me diga eso de 'Vacota, vete ya'.